«’Juego de Tronos’ me salvó la vida, me sacó de casa y vi que podía ser feliz»»

Maite Capín y Mercedes de Soignie, ayer antes del inicio del Aula de Cultura de LA VOZ. / JOSE SIMAL

La directora de vestuario Maite Capín abrió al público del Aula de LA VOZ los entresijos del cine en el que ha triunfado con sólo seis años de experiencia

Escuchar las historias de rodaje que cuenta Maite Capín Rodríguez es aprender sobre el cine desde las entrañas, porque ella desgrana los pormenores de un rodaje con la frescura del interior de una bolsa de revoltijo. Así lo hizo ayer, ante un público sonriente y amable, en el Aula de Cultura de LA VOZ DE AVILÉS.

Mercedes de Soignie la definió como ejemplo de empatía, empeño y fortaleza, y la protagonista de este encuentro cultural lo corroboró en su primera intervención porque, como dijo, la vida no le había dado muchas alegrías hasta que pisó los rincones de los rodajes.

De pequeña soñaba con ser arqueóloga o criminóloga, cuando en Ribadesella, su villa natal, «los únicos crímenes que había eran los de tirar una piedra a otro». Pero, ya entonces adoraba el cine y el teatro donde se colaba para no perderse nada.

El del cine es un mundo al que llegó con 45 años y sólo seis han sido suficientes para convertirse en una gran directora de vestuario, además de trabajar como actriz, ser directora de casting, y, entre otras cuestiones, candidata a los Premios Goya en 2019.

‘Juego de Tronos’ le dio el papel de oveja y fue su fetiche, tanto que reveló que esta serie le abrió las puertas de una libertad que hasta entonces se le había negado. «La serie me salvó la vida, literal, porque me sacó de casa y vi que podía ser feliz y, sobre todo, empecé a creer en mí», recordó.

La baja autoestima de Maite Capín ya es historia. Sonríe cuando habla y lo hace como un torrente que pretende compartir sus experiencias. La echaron de un casting en el que había que llorar, «porque lloraba demasiado». Se dejó pegar en una escena, porque «los asturianos aguantamos lo que haga falta» y salió mal parada tras fanfarronear con un «daime, daime». Aguantó de manera estoica que le dijeran lo bien caracterizada que estaba en un papel de una mujer de ochenta años, cuando apenas le habían puesto maquillaje.

A gusto en Asturias

Lo explica todo con salero y sin descanso. Se siente muy querida y en cada palabra descarga una conciencia social que le acompaña tanto en el trabajo como en su vida personal. «Cuando ficcionamos en una playa de Llanes la llegada de unos jóvenes que se morían después de una travesía en patera, la gente no sabía que estábamos rodando, y algunos lloraban al verlo de lejos, pero otros pasaban de largo», comentó alarmada por la ausencia de emotividad de algunas personas.

Todo le gusta y lleva su emoción al límite, pero donde mejor se encuentra es en Asturias. «Aquí se rueda muy bien, porque es estás en casa, con los míos y, además, somos unos profesionales como la copa de un pino», y añadió con orgullo que «Asturias es un plató de cine natural».

Su carrera cinematográfica es corta y ya guarda cuatrocientos trajes de los que algunos pesan más de veinte kilos. Se codea con los más grandes y lo cuenta, lo contó, como si estuviera en su casa, entre vikingos, héroes, reinas o doncellas.

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